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La Compañía /
The Company
 
 

 

September 22, 2007


 
EL CHUCHERO CUBANO
por Esteban Fernández

Los cubanos finos no poseen UNA BUENA PALABRA importante y solitaria que pueda identificar plenamente nuestra finura y educación esmerada.

Pero los chucheros tienen una palabrita magnífica, brillante y famosa, la cual desde que uno de ellos la suelta ya sabemos que lo que viene atrás es "saoco la tumbadora"

Y esa palabra es ASERE. Enseguidita que un compatriota nos dispara:"OYE ASERE" ya usted sabe que tiene que responderle: "Dime, Monina", porque sino no estamos a su altura cultural e intelectual.

Los chucheros siempre han sido una minoría dentro del conglomerado cubano, pero suficientes para hacerles creer a los ignorantes (sobre todo "Don Francisco") que todos los nacidos en la Perla de las Antillas son graduados de la universidad del Solar del Reverbero, cuando la verdad es que lo único que hemos hecho es recibir simplemente un curso intensivo en la materia. 

entonces los que se tragan ese paquete van al consultorio de un médico cubano y quedan sorprendidos y decepcionados con el modo de hablar discreto y correcto del galeno.  Posiblemente van allí pensando que el médico cubano los va a recibir diciendo: "¡Que volá, caballo, estoy aquí curralando de a butín, abacorao con tanta pincha, vete para el gao y llama a un babalao!".

Desde luego, y en honor a la verdad, lo bueno que tenemos los cubanos es que casi todos sabemos descender al nivel del chuchero y quizás eso incremente el mito. Y si un chuchero va a ver al mismo fino médico y le dice: "Dotó, tengo una ñáñara en un pata que me tiene turulato" el doctor le puede ripostar: "Aguantíbiri batíbiri que eso no es ná".

Y cuando el chuchero se despide y le pregunta: "Mi tierra ¿cuánto va a ser la herida?" el galeno le sabe responder: "Consorte, suéltale el gallo a la jeba que está afuerate".

Cuando yo vivía en Cuba el chuchero más famoso era Carlos Monteczuma en su papel de "Ñico Rutina". Pero cuando cambió sus bellas palabras de "Anota Flora, Pita Camión" por "Viva Fidel" ahí mismo dejó de ser gracioso para convertirse en un repugnante. Lo cual demuestra que es mucho peor ser fidelista que tártaro.

En nuestra Isla, más que una molestia, los chucheros eran motivo de entretenimiento y diversión, al mismo tiempo que de ellos aprendíamos la forma adecuada para "tirarnos para el solar" cuando la situación lo requería.

Y como si hubieran sido unos PROFESORES del difícil arte de la chabacanería respondían a todas nuestras preguntas con absoluto dominio de la jerga y nos iban ilustrando: "¿Qué tal es ese tipo?"... "Eso es carcañal de indígena"... "¿Esa es tu novia?"? "Nonitro, la andoba es un punto filipino que estoy atrabancando"... "¿Ya comiste?"... "No he jamado porque no tengo astilla"... "¿Necesitas dinero?"... "Cirilo Villaverde, de Guillermón Moncada pásame tres cocos Cachirulo Montalbán".

Y yo me pregunto: ¿Cuántos libros, artículos, editoriales, discursos, hemos hecho contra Castro (total lo reciben como héroe en todas partes y lo llaman "Presidente") cuando en realidad con ese monstruo lo que tenemos que hacer es "tirarnos pa' lo chapeao"?. A veces yo le llamo H.P. y algunos se molestan.

Yo estoy tan harto que creo que mejor hubiera sido usar como nuestro vocero oficial a un chuchero que allá en el año 62 al despedirse me dijo: "Espanto la mula porque Fidel es un penco, Raúl es cherna, el Che es un cacafuaca y esta revolución es orine de canguro".

Y eso no es todo, fíjese si este CHUCHERO está claro que el otro día me lo encontré y le pregunté: "Oye, candela ¿qué tú crees que se debe hacer para solucionar la situación de nuestro país?". Y con tres palabras me dio su magistral respuesta: "¡Guiso al caballo!".

 


Esto ha llegado de Cuba...

Salieron de una isla pequeña y se han diseminado por toda la tierra: profesores universitarios, dueños de restaurantes, rectores de universidades, maquilladores de muertos, ingenieros, artistas, médicos.

Nada los arredra, ni el frío ni el calor. Los seduce el trópico de la Florida pero soportan igualmente a pie firme los hielos de Boston y Nueva York. No mendigan, sólo trabajan. Los que allá eran pobres, aquí son ricos. Los que allá eran medio pelo, aquí son pelo y medio.

Si la oferta es digna, ningún obstáculo sujeta su laboriosidad beligerante. Cambian, pero en la superficie.

En Miami, siguen jugando bolita, peleando gallos escondidos y enviando los hijos a la escuela privada. En Madrid, están contra José Luis Rodríguez Zapatero y en Caracas, contra Hugo Chávez. Siempre en la oposición. Se les critica y se les envidia, pero en el fondo se les admira.Gallegos por cómo trabajan y judíos por la voluntad férrea en sobrevivir. Constituyen una legión empecinada que no se deje ignorar. Traen la música calurosa, el ruido, los frijoles negros y la palomilla con moros y maduros.

¿Quién es esta gente?

Son los cubanos del destierro, la única población mundial trasplantada que (salvo los hebreos) en un tercio de siglo no ha perdido su identidad.

Los que admiraban a Cuba desde lejos como ejemplo supremo de pujanza latinoamericana, los que veían a Cuba como un milagro étnico y cultural donde todo parecía un relajo pero que funcionaba bien, ya no tienen que ir a Cuba para conocerla. Aquí la tienen. Esta es Cuba. Estos son los cubanos. Exagerados, fanfarrones, ruidosos, sí. Pero también vitales, intensos y profundamente creadores.

¿Qué no han hecho en estos 46 años los cubanos del destierro para sobrevivir con ignidad?


¿Qué actividad manual o intelectual no han ensayado, en éste o en aquel país, por complicada que pareciera, para no quedarse detrás, para no dejarse discriminar? En algunas de esas actividades han llegado tan lejos que superan a emigraciones que los precedieron por cerca de medio siglo. Son médicos, periodistas, banqueros, publicitarios, maestros, artistas, profesores universitarios,
escritores, comerciantes, obreros, peloteros de Grandes Ligas, Congresistas en Washington, miembros del Gabinete del Presidente de los Estados Unidos. Son una verdadera legión.

En las tierras prestadas en el extranjero, esta gente parece llevar siempre en la frente la marca del sitio de donde viene. Pero hay algo en el desterrado cubano, a mi juicio, superior aún a esa actividad profesional triunfante. Y es su odio al despotismo del que huye, su amor a la tierra que dejó. Eso lo separa y lo define. Eso da a sus triunfos, en medio del desarraigo, una grandeza que de otro modo no tendría. ¿Por qué, preguntan algunos, no se acaban de quedar tranquilos los exiliados cubanos? ¿Por qué no aceptan de una vez que perdieron la batalla, que Castro les ganó y que con los medios de que disponen nunca podrán vencer a la tiranía? ¿Por qué no acaban de afincarse definitivamente en estas tierras hospitalarias que los han acogido y donde viven en lo material muchas veces mejor que como vivían allá?.

Los que preguntan esto, no conocen a los cubanos. El cubano sabe que aún teniéndolo todo, si le falta Cuba, no tiene nada. Sabe más todavía. Sabe que esa prosperidad de la cual disfruta, lejos de su isla hambreada y aterrada, es en cierto modo una forma de traición. Por eso, si se mira bien, se verá que a veces parece que el cubano ríe, pero en realidad está llorando. Le nace el hijo, le crece, se le gradúa en la Universidad, pero el cubano suspira: ¡Ah, si estuviera en Cuba!
Compra una casa, su auto o su lancha y sigue suspirando: ¡Ah, si los tuviera en Cuba! De una manera misteriosa, que no puede definir, hay un vínculo con aquello que tira de él hacia allá.

Ahora que la perdió sabe que no puede vivir sin Cuba, la sueña. le agiganta los valores, la embellece, la idealiza, se culpa de no haberla entendido mejor, la recrea en su música, la revive en sus historias, en sus costumbres y en sus comidas. ¿Por qué compran hoy los cubanos más libros cubanos que nunca? ¿Por qué tienen sus casas, negocios y oficinas, llenas de palmas, banderas, escudos y retratos de Martí? ¿Por qué escarban en la historia? ¿Por qué redescubren a Guiteras y adquieren viejas colecciones de Bohemia? ¿Por qué se reúnen, borrando antiguos antagonismos de partido o clase? Porque el cubano sabe que lo único auténticamente suyo es Cuba y que a ella tiene fatalmente que regresar.

Ahora la tiranía castrista anda en sus estertores finales, se ve claramente que el cubano se ha estado preparando siempre, aunque no lo supiera, sólo para el momento del regreso. No hablan de otra cosa. No les importa que les digan que todo lo que dejará la tiranía es hambre y ruina. No les preocupa que le devuelvan la residencia o el negocio, si lo tenían. No admiten que el rescoldo de odio que deja el comunismo acaso los quemará. Lo único que desean es volver.

La casa donde nació está destruida, al pueblo se lo han puesto desconocido, la madre ha muerto. Pero no importa. El exiliado quiere de todos modos a esa casa, a ese pueblo y a esa tumba, a esa patria. No sé cómo, pero el abrazo está próximo.

A los que les molesta a veces el llamado predominio cubano en Miami, les digo:
Paciencia, ya falta poco. Aquí va a haber muy pronto, para ustedes, miles de puestos vacantes y de casas vacías.

 ¡Y qué les aproveche!

 

NOTA- Este artículo lo recibimos vía e-mail y no incluía el nombre del autor. Pedimos a nuestros lectores que si conocen el nombre del autor nos lo indiquen para darle el crédito que merece. ¡Gracias!



 

 
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